Un relato para hacernos pensar

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Publicamos este relato de Teresa González Torralbo, alumna de 4º D. Esperamos que os guste y que no os deje indiferentes.

Cállalos

Mi historia es una de esas que te hacen pensar, son de esas historias en las que te das cuenta de que la sociedad no es justa y buena como debería serlo, y como los niños de hoy en día sufren en el colegio o instituto por gente que se cree valiente, solo por meterse con el más débil.

El comienzo del curso me resultó algo duro, nueva casa, nuevo cole, nuevos amigos… Lo pasé mal, lo reconozco, me costó muchísimo relacionarme con mis compañeros y tardé meses en conseguir estar bien con ellos. El curso me resultó duro, no sabía nada de valenciano, pero con ayuda de mi madre y de un diccionario, saqué el curso con notas mucho mejores de lo que imaginaba. Tras la tormenta dicen que viene la calma. Pues así fue, conseguí hacerme amigos y amigas que me ayudaron y me quisieron y que hicieron que pasase dos años inolvidables. Y que cada vez que piense en ellos esboce una sonrisa de nostalgia por aquellos que al principio me la jugaron, pero que al final se hicieron íntimos, con quienes me di cuenta de lo querido que me sentía, de que estaba en mi sitio, a gusto otra vez, con una vida “normal”.

Me sentía incómodo, comía tranquilo mi sopa, pero el ambiente seguía igual de cargado que cuando entré. Dejé los cubiertos en la mesa y empecé a mirarles yo también, como si fuese ese juego de a ver quién aguanta más la mirada. No duró mucho el silencio, pues mi padre arrancó diciéndome: “Sé que te va a resultar duro esto, porque ahora estás muy a gusto aquí, en Valencia, y has conseguido estar muy bien con tu clase, pero siento decirte que nos tenenos que ir de nuevo, esta vez a Sevilla, sé que como chico maduro que eres, lo llevarás bien y lo entenderás, sabes que tu madre y yo estamos aquí contigo para ayudarte como cuando llegamos”. Silencio.

Eran las 4 de la tarde y yo hacía mis deberes en mi habitación, con un nudo en el estómago, con una sensación de miedo y cansancio a la vez. Pero en el fondo de mi corazón no estaba enfadado con nadie, en el fondo de mi corazón me decía una y otra vez: ”Nos toca otra vez cambiar y lo conseguirás, estoy seguro de ello”.

Llegó la despedida en el colegio, fue algo maravilloso, me hicieron una fiesta solo para mí, me sentía el chico de 12 años más afortunado del mundo, pero también aquel que más tristeza albergaba en su corazón. Esos dos años hicieron que me fuese a Sevilla con las pilas y las fuerzas cargadas, con la ilusión de empezar algo nuevo otra vez.

15 de septiembre. Mis ilusiones estaban tan disfrazadas que no las conseguía encontrar. ¿Por qué? Yo me presenté con mi cálida y desmesurada sonrisa ante mis compañeros, pero algo pasó, las cosas no salieron como yo esperaba. Mis primeros días fueron terribles: mis compañeros me trataban mal, se reían… y yo, mientras, sacaba fuerzas de donde sabía que nos las había. Ya era mitad de curso, pero ellos seguían siendo crueles y despiadados conmigo; al llegar a casa lloraba amargamente, preguntándome qué es lo que había salido mal. ¿Percibieron mi miedo? ¿Les resultaba yo tan extraño y débil a la vez que no eran capaces de dejarme en paz? En esos momentos solo tenía a mis padres, ellos me consolaban y me hacían promesas que nunca llegaban. Mi profesora siempre ponía las mismas excusas ante el problema: ”Son chiquillerías. Yo les llamaré la intención, se les pasará. El centro no puede hacer nada ante esto”. No aguantamos más y decidimos cambiarnos de barrio, de casa y de colegio, mis padres no estaban dispuestos a verme sufrir por una panda de niños asquerosos y desagradables incapaces de aceptar a alguien nuevo.

P1140372De nuevo otro cambio más, otra lucha, otra sonrisa, otra rabieta aterradora… El comienzo me costó, los compañeros iban bien, había de todo como en cualquier lugar, pero conseguí amigos y eso, con todo lo que había pasado, era lo mejor. Cada día me esforzaba más  por caerles bien, porque no quería que notasen ese miedo a ser rechazado, ese nerviosismo cada vez que hacían una broma, ya no hacia mí, sino de cualquier otra cosa. Mis padres decían que era normal que tuviese secuelas, que lo superaría con ayuda del psicólogo que tenía.

Todo empezó a mejorar, los estudios, los amigos iban cada vez mejor, retomé la escalada, hasta mi hermano cada vez se enfadaba menos.

Por fin esta familia había encontrado algo de aire fresco, porque lo íbamos necesitando. Hubo momentos durante los últimos años, que pensé que no íbamos a salir de este huracán de problemas que iban apareciendo y desapareciendo, como intentando no dejar un hueco libre en nuestras mentes. Tras mucho tiempo, lágrimas y esfuerzo, Sevilla había conseguido ser ya mi hogar.

Esta es mi historia, llena de decepciones, pero las cuales han conseguido que ahora con mis 35 años, acabe siendo Psicólogo de un colegio, no un colegio cualquiera, sino aquel que anteriormente me había hecho sufrir tantísimo. Ese es mi verdadero triunfo. La vida es muy injusta, pero no hay que darse nunca por vencido, ¡NUNCA!

(Teresa González Torralbo, 4º D)

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